DESPERTANDO...
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Alta Gracia, Deportes, Sociedad

Sueños mundiales para ganarle a la rutina

Apuro nervioso. El aroma de asadito tempranero abraza las calles prácticamente vacías. Los cajeros del súper bufan porque faltan diez minutos y se van a perder el inicio del partido. Picadas, empanadas, locro o sanguchitos, la comida es secundaria si gana Argentina.

Himno Nacional. Messi agarra el micrófono y repite, como si fuera un acto de escuela primaria, un texto que le pasa la FIFA. Gracias a Dios con la pelota en los pies, Messi dice lo que quiere.

Arranca el partido y a callarse. Vista desde un edificio la ciudad parece una maqueta. Como una escena cinematográfica post apocalíptica. Si Will Smith bajó caminando en contramano por Belgrano al grito de “soy leyenda” nunca lo sabremos, todos los ojos estuvieron puest   os en la tele.

Los primeros minutos ilusionan. El equipo tiene más espacio porque Bélgica no sale a colgarse del travesaño. Di María toma el timón de un equipo nacional que sale a buscarlo y en la primera que engancha el Pipita la manda a guardar. Moja Higuaín, moja un tío que en el festejo vuelca el vino sobre el mantel. Explosión. Gritos por la ventana. Corridas al patio. Abrazos. Lo necesitaba el nueve de la selección, el equipo y lo necesitábamos los de este lado porque parecía que por fin íbamos a tener un partido tranquilo.

El primer tiempo entusiasma y pese a la lesión de Di María y a que no gritamos otro gol, nos vamos al entretiempo llenos de ilusión. En un país donde todos somos técnicos en cada mesa se planifica la estrategia para el segundo tiempo: “Hay que meter otro gol rápido”, “hay que ponerlo a Ricky Álvarez”, “hay que buscar más coca para el fernet”. Por cómo viene el partido, los desacuerdos pasan más por las opiniones sobre la publicidad del Gobierno Nacional en el entretiempo que por lo que transcurre dentro de la cancha. La abuela distiende repartiendo mandarinas.

Pasan los 15 del descanso y ya estamos nuevamente conectados con lo que pasa en Brasilia. Afuera la ciudad continúa paralizada presa de esa magia poderosa que tiene el fútbol, deporte pasión y negocio.

A medida que avanza el reloj, el tiempo transcurre más lento. El equipo nacional comienza a disponer de más energías para defender que para atacar. Bélgica mete a Lukaku, Sabella mete a Palacio por Lavezzi. Higuaín estrella un tiro en el travesaño y el DT lo saca para hacer entrar a Gago. Algunos putean en la mesa. Bélgica presiona y Argentina no puede aguantar ni una pelota. La mandarina se nos atraganta. A Messi le queda una de contra y se va sólo frente al arquero. Ahora sí. El guardameta belga tiene un duelo personal con el ídolo y lleva seis partidos enfrentándose a Lio sin que el capitán argentino pueda batirlo y el mundial no será la excepción. Curtois ataja la posibilidad de parar de sufrir. Un córner, un tiro libre, el reto a una tía que se ríe nerviosa y la orden a los más pequeños de que se queden quietos “así gana Argentina”.

El pitazo final desató los nudos de las gargantas. Hacía 24 años que el equipo nacional del deporte nacional (no me vengan con que es el pato) no se ubicaba entre los cuatro mejores del mundo.  Toda una generación de argentinos nunca vio a la albiceleste jugar una semifinal.

Tal vez por eso los más jóvenes se volcaron así a las calles. Tal vez por eso algún mayor lloró. Tal vez por eso las calles de Alta Gracia se transformaron en un embudo celeste y blanco hacia la Plaza Solares que arrastró vecinos embanderados en un festejo espontaneo que superó las cuatro mil personas.

Lo cierto es que son muy pocas las causas que empujan a la vecindad a tomar las calles en esta magnitud y muchas menos de manera simultánea en todo el país. “La necesidad de festejar algo”, “la pasión por el fútbol”, “lo único que nos une a todos”, “alegrarse de que somos los mejores”, explicaciones de despensa más o menos ciertas de un fenómeno que cada cuatro años nos hace soñar con que levantar la copa no sólo es justo y posible, sino también necesario para salir a ganar los partidos diarios contra los problemas cotidianos, esos que no movilizan tanta gente, ni tienen tanto rating, ni tantos sponsors.

Texto: Sebastián Gualda
Fotos: Luciano Gualda