Columna Literaria | por Germán Masgoret – En esta edición de su columna literaria para diariotortuga.com, el escritor Germán Masgoret analiza el arte y su relación con el poder hegemónico y cuestiona los conversadurimos dentro del ambiente literario.

El arte ha quedado encerrado en un callejón sin salida. Alguien hizo esto. La producción de ideas, capital y poder siempre han estado bajo una estructura monopólica y mientras se lo permita así seguirá. El arte ha estado teñida de mandatos, de obsesiones absurdas e ideales de control obsesivo que han respondido a las esferas de poder, y el poder asociado a un dispositivo de clase, y esa clase relacionada a la burguesía, a las elites.

La poesía ha estado sujeta entonces a estos mandatos y a las expectativas de un código elitista que siempre quiso resguardarse de todo lo que tuviese que ver con lo popular. Por ejemplo, las leyes tal y como las conocemos lo hacen en un código casi ilegible para cualquiera que intente a primera mano echarle un vistazo. El arte como agente de cambio es un dispositivo de poder también. Y quien lo detente puede encausarlo, direccionarlo.

El arte poético sigue sujeto a ideales y a prejuicios clasistas. La idea de volcar la poesía a la calle o a las ciudades y a su masa popular la hace propensa a una especie de contaminación que pone en riesgo, según este ideal, a la cultura pulcra y pulida que están adentro de museos solemnes, adentro de los salones de reuniones aristocráticas, mausoleos que aparentan pulso vital o en grupos selectos casi sectarios de elevados poetas y eruditos de la palabra.

El arte ha quedado encerrado, ha sido víctima de un puñado de ególatras mezquinos. Las escuelas primarias han reproducido por años ese mismo mandato desdeñable en pacto con el discurso de poder que aparte de xenófobo tiene una importante carga (negada) de aporofobia. A mí me enseñaron que la poesía era rima, firulete, estética y que no cualquiera podía ser poeta. Incluso la palabra poeta a mí incluso hoy en día no se si me representa, al menos hasta que no logre resignificarse del todo.

El problema de la palabra poeta es que en el imaginario colectivo se trata de una actividad exclusiva de hombres que deben vestirse de gala con un sombrero y una pluma. Sé que exagero con esta descripción, pero quiero que se entienda del significado que aún guarda la idea de ser un escritor en versos. Pareciera que los únicos que pueden crear cultura verdadera son aquel puñado de hombres que tienen el uso monopólico de la palabra y por lo tanto del discurso y del poder. Entonces, la poesía debe ser destruida tal y como la conocemos, remover el podrido barro de su formato estanco, modernista, de obsesivo control por la perfección formal, recluida y muerta.

La poesía debe ser eliminada de la faz de la tierra si su único reducto son esas torres de marfil en las cuales la guarecen de la suciedad callejera, suciamente real de los pueblos. Puede que remover la tierra sea un principio para quitarle el moho, el hongo y el escombro. Puede que esto oxigene de a poco a la palabra, como semilla venidera y brote nuevo.

La nueva poesía no es tan nueva. Ya están las bases rupturistas y revolucionarias, ya está la eclosión desde hace mucho tiempo. Pienso que el problema radica en los conservadurismos que les hacen el caldo gordo a las elites sin sentido, al monopolio del arte, se da mucho en las pequeñas ciudades que siguen reproduciendo que el acto poético es para unos pocos y no para el que no sepa apreciar su grandeza o su ropaje impecable.

La poesía tiene que ser revisada, recreada, resignificada, destruir el discurso que dice que solamente uno puede encontrar cultura en los grandes centros urbanos y no en los propios espacios que uno habita, en la localidad que uno vive, construye, experimenta y siente.

La praxis cultural in situ tiene que ser una de las máximas que guíen el camino de la poesía contemporánea dejando lugar a su renovación continua y dinámica como la sociedad misma y sacarla de los museos limpios, cultos, intocables, cerrados, y liberarla a los barrios, a cada intersticio. Porque si miramos bien, poesía hay hasta debajo de las piedras.

Aun persiste una poesía que de tan limpia está acabada, muere en sí misma, esa poesía que se guarda con conservantes artificiales y sin nutrientes no hace más que producir hambre cultural y engordar a un selecto grupo que se aplauden entre sí, en lugar de ser el alimento cotidiano al alcance de todos y todas como un bien no solo intrínseco en la humanidad sino de naturaleza totalmente vital para los pueblos.

En fin, la cosa es que la lectura en general, pero sobre todo la poética te muestra el mundo subrepticio que nos han negado o peor aún, del que nos han despojado, nos han hecho creer que no lo podemos entender y que una caterva de intelectualoides quieren mantener un cada vez más derruido Statu quo poético. Sin embargo, ahí está, al alcance de todos y todas. La palabra más allá de acción es una forma de posicionarse en el mundo. La poesía busca, escarba, llora, muestra la sutileza de las cosas, goza, supura la herida, lo que sea para parir un mundo mucho mejor. Que no te lo quiten.

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