Pankrioyo y Los Repartidores - Imagen representativa - La realidad es otra

Por Marcelo Riol – La colectora hacia Alta Gracia está desierta, oscura. A esa hora la ruta 5 tiene poco tránsito. Gracias a las luces, no es difícil encontrar el Bar Kuno. La negra Claudia cumple años y para festejar debuta con Los Huevos de Karmen, la banda donde canta. Pero además toca Pankrioyo y Los Repartidores, entonces las risas, los brindis y el punkrock están garantizados.

A las once de la noche el Kuno está lleno, abunda la charla y las pintas con un centímetro de espuma. Incluso en las mesas al aire libre. Desde el primer acorde de “Don Alfredo”, Los Huevos de Karmen captaron la atención de todxs en el bar.

La lista de canciones incluyó algunas propias y una selección de clásicos del rock argentino, renovados por la impronta funk, el tumbado rioplatense y la interpretación de la Negra Claudia.

“Cheques”, “Despiértate Nena”, “Postcrucificción”, de Spinetta; “Adonde está la Libertad”, “Longchamp Boogie” de Pappos Blues sonaron magnéticas. Sin embargo es en las canciones propias donde mostraron un sonido bien personal, roquero y lleno de swing, que dejaron ganas de más.

Mientras, los Pankrioyos, deambulaban intentando armar la lista de canciones, con una mezcla de ansiedad y confianza. Solo los nombres, en el orden que les van llegando a la cabeza. Claramente no será ese el orden en el aparecerán en el show.

No solo la prolijidad no es importante, sino que la falta de ella es marca en este trío, al que le importa nada gritar cuatro verdades. Sobre todo si de uniformados y el destino de sus palos. O si de voraces fumigadores y apurados que piden autovía a precio de desmonte, se trata.

Justo a la hora en la dicen que aparecen las brujas, salen a escena. Pankrioyo y Los Repartidores, sencillos, austeros, suenan sin defectos. Después de un largo tiempo, donde cambiaron escenario por estudio de grabación, ya era hora de encontrarse con su público.

Veinte canciones, callejeras, barriales, donde chisporrotean Joy Division, Los Ramones, La Polla Record y vaya a saber cuántos más. Arrebatadas, veloces, recrean el espíritu adolescente que resiste a la madurez. Una entrega lúdica que arranca aplausos.

Veinte canciones tocadas, cantadas, con la soltura de meses de ensayo. Con la rabia justa, con la sorna indispensable, dedicada al infaltable vecino, para quien un rato de música, un sábado a la noche, merece un llamado a la autoridad. Un clásico ya.

Sin pogo, ni empujones, lxs acólitxs de ese sonido eléctrico y saturado — que no abunda en el Valle de Pravachasca —, celebramos que estas bandas mantengan encendida la llama rockera en la que tanto nos gusta inmolarnxs.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here