Con pocos días de diferencia, en agosto fallecieron en episodios violentos tres activistas trans, Gabriela Denisse Banach, Jessica Núñez y Luciana Centeno, en Rosario (Santa Fe) y en las localidades cordobesas Villa Nueva y Jesús María, respectivamente. En ese marco, la comunidad LGBTTTIQ+ convocó a una vigilia nacional para el sábado 5 de septiembre, que en Alta Gracia se desarrollará a las 20 en la Plaza Solares. «La violencia contra las mujeres trans y travestis no empieza con un asesinato. El asesinato es el último eslabón de una violencia estructural que atraviesa nuestras vidas», denuncian en la convocatoria.
Gabriela Denisse Banach tenía 47 años. Histórica activista por el Cupo Laboral Trans y la Ley de Identidad de Género, su cuerpo fue hallado sin vida en su casa y con signos de haber recibido golpes. Un hombre de 24 años fue detenido por el crimen, cometido el 9 de agosto.
Jessica Núñez tenía 44 años. Era una reconocida militante de Villa Nueva y Villa María. Fue apuñalada el 13 de agosto en la vía pública y falleció al llegar a un hospital, al que había sido trasladada. Una joven de 22 años y su padre, de 48, fueron detenidos por este hecho.
Finalmente, Luciana Centeno, una destacada militante por los derechos de la comunidad trans de Jesús María y referente de la comunidad trans y de la Asociación de Travestis Trans de Argentina (ATTTA) falleció el 29 de agosto. Si bien habría sido por autodeterminación, denuncian que la muerte estuvo atravesada por una situación de extrema vulnerabilidad y violencia transfóbica en redes sociales.
En respuesta a estas tres muertes de mujeres trans en agosto, organizaciones de todo el país pretenden llamar la atención sobre la violencia que atraviesa el sector. «Mientras seguimos reclamando derechos conquistados durante décadas, volvemos a despedir compañeras«, expresa la convocatoria a la Plaza Solares.
Y atribuyen la baja expectativa de vida de la comunidad trans a una sostenida «cadena de violencias y exclusiones»: «Nos matan jóvenes. Nos obligan a sobrevivir jóvenes. Y muchas veces ni siquiera nos permiten llegar a una vejez digna. Nuestra expectativa de vida ronda los 35–40 años. No es biología. No es destino. Es el resultado de una cadena de violencias y exclusiones que comienza muchas veces en la infancia: expulsión de los hogares, discriminación en las escuelas, dificultades para acceder a la salud, al trabajo registrado, a una vivienda digna y a una jubilación».
«No son números. Son vidas. Son compañeras. Son historias que fueron interrumpidas. No queremos acostumbrarnos a contar muertas. No queremos que la juventud trans sea una condena. No queremos sobrevivir: queremos vivir, envejecer, trabajar, estudiar, amar y tener una vida digna. Por ellas. Por las que ya no están. Por las que seguimos resistiendo», concluye la convocatoria.









