Bibiana Reibaldi es hija del genocida Julio Reibaldi, fallecido en 2002 sin haber sido juzgado por los crímenes cometidos durante el terrorismo de Estado, y preside «Historias desobedientes», el colectivo que reúne a familiares que toman distancia de los mandatos impuestos y se pliegan a la lucha por Memoria, Verdad y Justicia. Este viernes 19 de junio se presenta en Alta Gracia, en una actividad que se desarrollará en Smata. Antes, dialogó con la Radio Tortuga 92.9 sobre la importancia de abrir el camino para que miembros de las Fuerzas Armadas y de seguridad rompan el pacto de silencio sobre las personas desaparecidas y los nietos apropiados por el terrorismo de Estado.
RADIO TORTUGA (RT): ¿De qué se trata este colectivo de «Historias desobedientes», cuándo nació y cómo es su actualidad?
BIBIANA REIBALDI (BR): En 2017, a partir de la marcha de los pañuelos, cuando Mauricio Macri intentó instalar el 2×1 para los genocidas y el pueblo argentino salió a la calle a decir que no, las redes estallaron y quienes nos estábamos buscando hace mucho tiempo; los familiares de genocidas que repudiamos los crímenes de nuestros padres, abuelos y hermanos nos fuimos encontrando. El 25 de mayo de ese año dimos inicio al colectivo, porque ese día se decidió participar el 3 de junio siguiente, en la marcha por «Ni Una Menos», con una bandera que versaba «Hijos e hijas de genocidas por Memoria, Verdad y Justicia». En ese momento tomamos dos decisiones políticas. Primero, usar la palabra «genocida» en nuestra bandera para que no quedara ninguna duda de en qué posición ética nos ubicábamos; y la segunda, salir a alzar la voz públicamente en la marcha por «Ni Una Menos», donde se lucha por los derechos de todas las mujeres y en contra del patriarcado, y por la humanidad. Desde allí no paramos. Salimos con una bandera muy pesada, pero se fue alivianando a lo largo del tiempo, a medida que nos íbamos encontrando más y más desobedientes en todo el país y países hermanos. Y después se sumaron en España y descendientes de nazis en Alemania.
RT: ¿Cómo recordás aquella primera marcha? ¿Qué pasó cuando se dieron a conocer?
BR: Lo recuerdo como si lo estuviera viendo en este momento. Teníamos mucho temor de ser rechazadas o echadas por nuestra condición de familiares de genocidas. Pero en las personas vimos caras muy perplejas que no entendían de qué iba nuestra bandera, que era muy grande; y muchas personas que se ponían a llorar. Se acercaron a nosotras medios internacionales a hacernos notas, latinoamericanos y de Europa. Los únicos medios argentinos que nos tomaron en cuenta fueron Tiempo Argentino, que nos puso en tapa al otro día, y Página/12, que también hizo una nota y que ya venía publicando notas sobre una compañera que se había cambiado el apellido tiempo atrás.
RT: ¿Qué fue lo que pasó con el resto de los organismos de Derechos Humanos?
BR: En un primer momento, no teníamos en claro esto de pretender ser un organismo de Derechos Humanos. Lo que teníamos claro era nuestra condición de repudio y nuestra necesidad de manifestar ese repudio hacia nuestros padres y familiares. A medida que fuimos caminando, fuimos siendo aceptados por Madres, Abuelas, Familiares, HIJOS. Era lógico que al comienzo que no entendieran muy bien. En nuestra sociedad occidental, hijos e hijas que cuestionen el accionar de sus padres es sumamente extraño. En general se disimula algún defecto o flaqueza en la familia y nosotras salíamos a exponer lo peor de la vida intrafamiliar, a exponer que crecimos con los criminales de lesa humanidad; y empezamos a contar nuestra historia desde ahí, desde nuestra posición de haber sido las hijas de quienes perpetraron los peores crímenes en nuestra sociedad. Les llevó un tiempo a los organismos entender de qué iba, pero hemos sido abrazados por todos. Nuestra voz está dirigida a los familiares de los genocidas que aún siguen vivos y a los mismos genocidas que aún siguen vivos para que hablen. Quienes integramos «Historias desobedientes» hemos pasado toda nuestra vida intentando que nuestros padres, abuelos, tíos hablen y digan algo sobre los crímenes perpetrados. Muchos han muerto o siguen viviendo sin decir palabra, sosteniendo su pacto de silencio. Nosotras decimos «al silencio nunca más».
RT: ¿Qué respuestas tuvieron de sus mismas familias y colectivos sociales en los que se vinculaban las familias de ustedes?
BR: Eso fue bastante problemático, porque no todas las familias están en acuerdo con repudiar los crímenes de lesa humanidad. De hecho hay muchos familiares que hoy están en funciones gubernamentales, como la vicepresidenta (Victoria Villarruel) y el ministro de Defensa (Carlos Presti), que decidieron no repudiar los crímenes, sino reivindicarlos. Entonces nosotros tuvimos problemas con el resto de nuestras familias. Hemos sido las locas y los locos, las desagradecidas. Las indignas, como Analía Kalinec, una de las fundadoras de «Historias desobedientes», que sufrió un juicio por indignidad por parte de su padre, condenado a cadena perpetua por crímenes de lesa humanidad, y sus dos hermanas, que pertenecen a la Policía Federal; para no heredar a su madre, que había fallecido. Hasta esas barbaridades tuvimos que soportar, pero nada puede quebrantar la decisión tomada, que proviene de un proceso de toda una vida de repudio al accionar familiar, y de tomar conciencia desde un punto de vista ético. No tiene que ver con el afecto, mayor o menor, o la cercanía. Tiene que ver con una posición ética. Las Madres y las Abuelas se van yendo sin conocer el destino de sus hijos ni encontrar a sus nietos que nacieron en cautiverio por el silencio de los genocidas. Ese dolor sigue dañando a nuestra sociedad y hoy en día las fuerzas de seguridad siguen siendo utilizadas por los poderosos para levantar las armas contra sus hermanos. Hacia ellos queremos dirigir nuestra palabra, para que tomen conciencia de que están perpetrando crímenes contra sus propios hermanos a partir de órdenes implementadas por los dueños de la Argentina y el mundo. Queremos que reflexionen y tomen conciencia.
RT: ¿Cómo es tu historia, quién fue tu padre, desde cuándo empezaste a tener estas preguntas e incomodidades y cómo llegaste a integrar este colectivo?
BR: Soy hija de un oficial de Informaciones del Ejército Argentino. Mi padre estuvo en el servicio de Informaciones casi toda su vida, desde muy joven. Recibió a los militares franceses que vinieron a instruir a los oficiales argentinos y latinoamericanos con los manuales de la guerra contra Argelia; y luego fue a la Escuela de las Américas en Panamá y Estados Unidos. Osea, todo el plan para oprimir la insurgencia que nacía en Latinoamérica fue orquestada desde el Norte mucho tiempo atrás. En 1970 mi padre pidió el retiro efectivo de las Fuerzas Armadas porque se separó de mi mamá, y en ese tiempo no estaba bien visto que los oficiales se separaran de sus esposas. Y reingresa al año siguiente como personal civil de Inteligencia. Este último dato lo tengo por tener haber tenido vista del legajo de mi padre, que está en el Ministerio de Defensa, como tantos otros que corren riesgo de desaparecer porque no están digitalizados. Es información totalmente desclasificada que puede darse a conocer. Sólo se extraen los legajos destinados a los juicios. Y en 1974, yo ya veía que las cosas estaban muy enrarecidas. Ese año entré a la universidad y empecé a abrir mi conocimiento del mundo y empecé a preguntarle a mi papá sobre su trabajo y recibí el primer mandato de «de esto no se habla». A partir de allí no pudimos hablar más hasta llegados los años ’90, cuando las cartas estaban sobre la mesa. Los juicios por la verdad fueron muy importantes en ese sentido, a pesar de que estaba todo muy silenciado por las leyes de obediencia debida y punto final, y la decisión del gobierno de Carlos Menem de dejar libres a los genocidas juzgados en el Juicio a las Juntas y darles indulto.
RT: En ese marco, ¿cuándo rompés con ese mandato familiar?
BR: En los ’90 empezaron los enfrentamientos con mi padre, que no hablaba de cuál era su función. Las preguntas eran más directas, pero él no largó ninguna palabra, a pesar de mis exigencias. Nos veíamos muy poco, pero cuando nos veíamos yo insistía y él decía que se había quemado la documentación que podía dar cuenta de lo que él podía contar. «No tengo pruebas, todo se quemó», me decía. Esto generó que nuestra relación, a pesar del cariño que siempre le tuve a mi padre, fuera en desmedro. Él estaba bastante enfermo por un problema cardíaco y yo tenía miedo que producto de estos enfrentamientos, se muriera. Murió en 2002, muy bien atendido, a diferencia de los desaparecidos. E impune. Tenía 70 años…
RT: Y sin ser juzgado…
BR: …Sin ser juzgado, porque todavía no se habían reabierto los juicios, que fueron muy importantes para consolidar nuestra posición ética de repudio. Ahí ya no había ninguna duda. Teníamos la documentación en mano, teníamos la voz de los sobrevivientes, de los familiares de los desaparecidos. No teníamos dudas del lugar del que proveníamos, en el que habíamos crecido y nos habíamos formado. Para un hijo que quiere a su padre, todo esto tiene un costo muy fuerte, muy alto.
RT: ¿Cuántas personas integran este colectivo a nivel nacional?
BR: «Historias Desobedientes» en Argentina está compuesto por 66 personas activas, pero somos apenas un puñadito, ya que se han acercado más de 200 personas a nuestro colectivo y sabemos de muchísimas otras que repudian el accionar de sus familiares y por distintos motivos no se han acercado. No es fácil repudiar el accionar de los padres; es un proceso largo y doloroso. No es fácil enfrentar las desavenencias familiares. Y sabemos también que hay muchas familias que repudian el accionar de las fuerzas de seguridad en el presente, aunque no se han acercado a «Historias desobedientes». A esas fuerzas de seguridad de hoy en día también queremos hablarles, llamarlos a la reflexión para que piensen que tienen derecho de desobedecer cuando reciben órdenes de los poderosos para levantar las armas contra sus hermanos y darle palos a los discapacitados y a los jubilados, que ejercen el derecho a la protesta, y a los fotorreporteros y los periodistas. Cometen delitos, son responsables de esas acciones y tienen el derecho a desobedecer y romper esos mandatos.
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