Lucrecia Martel: «Lo único que calma un poco la angustia de la existencia es compartir con la comunidad»

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En la previa de la función de su documental «Nuestra tierra» y la charla que brindó a sala llena en el Cine Teatro Monumental Sierras, en el marco del Festival de Cine de Alta Gracia; el sábado 15 de agosto al mediodía la realizadora Lucrecia Martel compartió un íntimo conversatorio en el Cineclub Casero en el que repasó su acercamiento al cine como un refugio desde el cual abrirse a la experiencia de compartir con otros y reflexionó sobre el valor de un arte que se ponga a disposición de la búsqueda de respuestas a las inquietudes del presente.

A lo largo de una hora, en un intercambio fluido y generoso, Martel alertó sobre el proceso de deshumanización que implica el extremo individualista que envuelve al planeta y a la Argentina en particular; y planteó, como contrapunto, la necesidad de fortalecer las experiencias comunitarias y abrir canales de diálogo para romper las grietas y contagiar el entusiasmo por las experiencias compartidas.

«Nuestra tierra», precisamente, expone el proceso que sostuvo la comunidad indígena Chuschagasta, en Tucumán, para lograr condenar a un terrateniente y dos cómplices por el asesinato del cacique Javier Chocobar, producido durante un intento de apropiación de tierras ancestrales para el avance de la frontera minera.

Desde el Cineclub se bautizó a una galería externa con el nombre de la realizadora, cuya película «Nuestra tierra» se proyectó en varias oportunidades, de algunos meses a esta parte y con sala llena también».

El cine como experiencia colectiva

«La vida no es un ascenso continuo hacia una humanidad con más derechos. Hace poco caí en la cuenta de que eso se podía deteriorar», indicó Martel en el inicio de la charla, respecto de las extremas derivas individualistas del presente. En ese sentido, recordó sus primeras experiencias jóvenes en la búsqueda de espacios colectivos que le permitieran «participar de la vida social con los otros» en su Salta natal.

Según narró, el cine, en tiempos de la recuperación democrática, le permitió vincularse con otras personas y empezar a constituir un pensamiento más comunitario: «Cuando entré en la universidad, el cine apareció como una posibilidad de incidir en la vida pública, compartir con otros preocupaciones y alegrías».

«Pero en los años ’80 empezó en la cultura occidental un gran entusiasmo por el individuo y el asociar el éxito a una carrera personal. En 2008 recién tomé en cuenta que había hecho una película y que había gente a la que le había servido, pero me sentía en soledad», repasó y citó como punto de inflexión su llegada al Cineclub Municipal de Córdoba, 25 años atrás, para presentar su aclamada película «La ciénaga» y dictar un taller: «En el Cineclub fue la primera vez que viví la sensación de que acogen a una persona que está intentando hacer algo, cine, y le dan la oportunidad de compartirlo con la comunidad. Ahí empecé a sentir esa sensación de comunidad y proximidad con las personas«.

Como summum de esa búsqueda de espíritu colectivista y comunitario, remarcó Martel que con «Nuestra tierra» empezó a transitar otros espacios, como centros comunitarios, que le brindan a su labor como realizadora un horizonte más cercano a su inquietud original: «Te vas dando cuenta de que hay un mundo que nos precede, que entendió que la vida comunitaria es la única que te permite enfrentar cosas difíciles. Las comunidades indígenas han logrado sobrevivir a las patrañas que han buscado descuajeringar las vidas de sus familias, en medio de la pobreza y la escasez de leyes en su favor, sin recursos. Ahora recién empiezo una vida que es la que yo imaginaba que tenía que ser. Era la ilusión que tenía cuando me volqué al cine. Que pase esto es la confirmación de un camino que demoró en llegar a mi vida y que finalmente llegó».

El arte de compartir

«Todos tenemos unas habilidades, algunas descubiertas y otras por descubrir, que no florecen hasta que no las ponemos en contacto con alguien que las necesita», apuntó Martel y remarcó: «Hay algo muy terrible que inventó occidente, que es el éxito personal. Y el éxito no es personal. Una persona con muchos talentos, si se muere sola, muere en la tristeza. Lo único que calma un poco la angustia de la existencia es compartir con la comunidad. La habilidad que tengamos hay que ponerla en contacto con las necesidades, eso es la utilidad. Por lo menos por 50 años volvamos a la idea de que el arte tiene que ser útil. Cuando tengamos certezas de que el mundo se estabilizó, que vuelvan los caprichos del arte. Saber algo, si no sirve para el resto de la gente, no sirve para nada».

«La civilización tiene un montón de cosas buenas, pero tiene una terrible, que es que nos domestica en una sensación de impotencia. Hay que recuperar la potencia humana«, reflexionó a continuación y desarrolló: «El aislamiento nos mata. Al humano no podés definirlo, aislando su cuerpo de su espacio y el resto de los humanos. Se subraya la idea de la competencia y no de la colaboración. Ahora hay que recoger el piolín. Las debilidades y las fortalezas de uno y otro se potencian. Está tan a nuestra mano».

«Ser útil para los demás es algo que hay que explorar«, concluyó como desafío y confrontó la figura del artista que se disocia de la comunidad que habita.

Fotos: Pablo Pelado Rodríguez

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