Indio Solari, el perfume de la tempestad

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Por Guillermo Morilla. En el marco de una entrevista radial para una emisora de España, Carlos “el Indio” Solari, descartó un posible regresó a los escenarios. Desde su irrupción y progresiva explosión con Patricio Rey y Sus Redonditos de Ricota, hasta su reinvención solista y el fenómeno de masividad, Solari ha reconfigurado el fenómeno del rock del país.

«El Parkinson me maltrata menos que a otra gente. Uno tiene la posibilidad de hacerse tratar de la mejor manera, pero va progresando. Desgraciadamente para mí, para mi gusto, va progresando el amigo», comentó el Indio al periodista español Mariskal Romero.

Hace ya varios años que el ex cantante de Patricio Rey y Sus Redonditos de Ricota convive con esta enfermedad que, según indicó el artista, no le permite estar en su mejor versión: «Me parece que ya no tengo más ganas de asomar por este mal. No quiero ser un artista que está peleando ahí, en el escenario. Ya el Indio cumplió su tiempo».

Si bien no es la primera vez que Solari hace mención a su retiro de los escenarios, la noticia cayó como un boom entre los seguidores del Indio, quienes no tardaron en expresar su afecto a través de las redes sociales.

El Indio cumplió su tiempo, pero ¿Cuál es ese tiempo del que habla?

Un breve repaso sobre la conformación del rock en la argentina

En su “Libro de viajes y extravíos: un recorrido por el rock argentino», el autor Claudio F. Diaz señala que el rock en argentina emerge desde la producción de música para el consumo masivo. La presencia del rock en nuestro país se debe a la imposición de la industria discográfica.

“En los Estados Unidos el primer estallido del rock and roll es producto de la evolución de diversos géneros de la música popular, como el blues, el country, el country & Western, etc. En la segunda posguerra aparece un nuevo actor social, una juventud disconforme, que crea códigos propios y adopta al rock como forma de identificación generacional”, señala Diaz.

Al unirse un nuevo estilo musical con un actor social que lo hace propio, se genera una oportunidad de mercado que es absorbida por la industria. En nuestro país el proceso es diferente al de Estados Unidos. No se trata de una evolución de formas preexistentes de la canción popular, sino de la difusión de las empresas discográficas que buscan nuevos mercados. Así nacen, por ejemplo, “Sandro y los de fuego” y los integrantes del “Club del Clan”, en los años 60.

Sin embargo, estas bandas casi nunca son señaladas como la piedra angular del rock nacional, sino que su origen se busca siempre en un fenómeno completamente distinto al propuesto por la industria discográfica y que, según señalan distintos relatos dentro del rock en Argentina, tendría su punto fundacional en “La balsa” de Los Gatos, aquello que para la jerga popular será conocido como el “verdadero” rock.

El rock nacional

Hacia fines de los 60, una concepción estética diferente irrumpe, alterando la música y los textos, como así también generando nuevos códigos ideológicos. Hablamos de una Argentina en la que los mismos medios también difunden a Los Beatles, Los Rolling Stones, Bob Dylan. Para algunos músicos jóvenes esas propuestas musicales sonaban sumamente atractivas y componían bajo su influencia, pero mixturándolas y cantando en castellano. Una juventud disconforme al calor de esos años, encontró un vehículo para proponer una ideología crítica, una propuesta de vanguardia que rompiera con los moldes impuestos por el mercado.

Los grupos de los años 70 vienen a poner en escena una representación y otra imagen de la juventud distinta a la dominante. Era música para jóvenes hecha por jóvenes, que en muchos casos no hablaba solo del amor, no era divertida, y tampoco demasiado bailable. Fueron bandas que supieron ponerle algún color a las paredes grises en los años de dictadura militar.

Los años 80 serán de transformación y expansión para el rock nacional, fundamentalmente en el año 1982 se verá la explosión de una multiplicidad de estilos de rock en castellano debido a la prohibición de pasar música en inglés en el marco de la guerra con Inglaterra por las islas Malvinas. Sin embargo, con el retorno de la democracia estos nuevos estilos tendrán un sabor más soft, volcándose incluso mucho más hacía el pop.

Una parte del rock parecía vivir la primavera alfonsinista, la democracia como una inyección de felicidad donde la invitación era exclusivamente a divertirse. Era un rock de los estratos medios y altos de la sociedad. Sin embargo, otra vertiente parecía evidenciar una realidad completamente distinta; el rock tuvo que descender varios peldaños sociales para distanciarse de la primavera y amplificar lo político.

Esta vez, por fin, la prisión te va a gustar

En 1984 salieron discos como Piano Bar, Del 63, Himno de mi corazón, Viuda e Hijas de Roque Enroll, Git, Soda Stereo, entre varios. Lo que parecía primar eran dos cosas: por un lado la figura del rockstar, y por el otro, la joda, el relajarse. Además, muchas de estas bandas pasan a ser absorbidas por la industria discográfica y formar parte del mainstream. Sin embargo, otros discos y otra sonoridad vendrán a oponer resistencia a las empresas discográficas y al sentimiento generalizado de la música del “todo está bien”.

Gulp es el primer álbum de estudio de Patricio Rey y Los Redonditos de Ricota. Lo primero que aparece diciendo el Indio en ese disco es: “Esta vez, por fin, la prisión, te va a gustar”. La prisión es la sociedad propiamente dicha. Como dice el escritor y periodista, Martin Rodríguez, los primeros años de democracia se trataron de dibujar sus límites, sus contornos, sus alcances y posibilidades. El cambio no se produjo de un día para el otro, las estructuras de poder habían quedado igual, los militares aún conservaban un peso muy grande, y la hiperinflación azotaba a la economía argentina.

Dice el Indio Solari en su libro de memorias “Recuerdos que mienten un poco”: “La casa estaba en orden, pero vendiendo a la abuela. Había una especie de inocencia, eso de creer que el simple traspaso de mando de un gobernante con uniforme a otro con traje lo cambiaba todo. Los pibes más jóvenes pensaban que la democracia iba a ser mágica, que lo curaba todo, que lo resolvía todo. La fantasía de que ahora, ¡por fin!, iba a poder comerte todos los cucuruchos al mismo tiempo. Pero muchos de esos cucuruchos eran dañinos”, y agrega en relación a la música que “algunos lo único que hacían era armar canciones livianas que contaban chistes. Sí, sí, los cieguitos eran los policías, ya lo entendí: ¿y ahora?. Yo elegí trabajar desde otro registro”.

Cuando el fuego crezca, quiero estar allí

Los redondos apuestan por una estética distinta, se distancian de cierta sonoridad del éxtasis y proponen un registro más lúgubre con guitarras más barrosas e introducen el saxo como una novedad. Apuestan por una poética que muchos definen como críptica, pero que sin embargo contiene en su esencia un código e ideas fuerzas totalmente permeables a la percepción: “Vivir solo cuesta vida”, “Violencia es mentir”, “Nuestra estrella se agotó y era mi lujo”, “Cuando la noche es más oscura, se viene el día en tu corazón”, por solo mencionar algunas.

Cristian tiene 52 años, es padre de dos hijos y oriundo de Buenos Aires. La música de su adolescencia está atravesada por Los Redondos, recuerda que la primera vez que los vio fue en el centro municipal de exposiciones de Capital Federal, corría el año 88: “En ese momento Los Redondos todavía no habían explotado del todo ni el Indio era el fenómeno que es hoy, lo máximo que llenaban era un (estadio) Obras, ellos recién explotan cuando salen de capital después de lo de Walter Bulacio”.

“Para nosotros era algo conmovedor, éramos todos pibes de barrio. Ellos decían cosas que vos las entendías, pero no sabías cómo explicarlas. Nadie supo palpar mejor la realidad que Los Redondos, vos los escuchabas y decías: “¡Esto lo escribió para mí!”. Hoy los escuchás y queda la banda mítica, pero en ese tiempo lo curtías”, señala Cristian.

Como dice León Tolstoi, “pinta tu aldea y pintarás el mundo”, el Indio supo bien pintar la suya: “Los chistes que hacían otras bandas no eran los mismos que hacía yo, que te descolocan porque no sabías si eran para reír o para preocuparte, para inquietarte. Por un lado, hablaba un poco de la interna de la gente que participaba de las creencias mías. Uno pintaba cosas para su círculo. Los morbos habían crecido mucho con la experiencia con drogas. Nos atrevimos a hacer cosas que no sólo eran mal vistas, sino que también estaban prohibidas. Trabajaba para una minoría que entendía esas imágenes”, advierte Solari.

Martín tiene 43 años, es profesor de Lengua y Literatura, y convive con su compañera y sus dos hijos. Él también recuerda cómo fue la primera vez que vio a Los Redondos: “Fue en el año 1996, tenía 16 años. Me llevó mi viejo en una especie de despedida, porque él estaba enfermo. Esto fue en San Carlos, un pequeño pueblo de Santa Fe, cuando Los Redondos buscaban alejarse de las grandes urbes después de la muerte de Walter y los reiterados conflictos con la policía. A mí lo que me llevó a escuchar la banda fue principalmente la voz tan particular que tiene el Indio, y lo enigmático de sus letras sin dudas.

Martín se ríe cuando habla de las letras, que en su mayoría no termina de entender, o cree entender a su modo. “Escuchas ‘Caña seca y un membrillo’, y ya desde el nombre no sabes muy bien a qué se refiere. Pero esa forma polisémica que tienen las letras donde uno puede interpretar un montón de cosas distintas a partir de unos mismos versos, me parece alucinante”.

“Nuestro motor esencial era un motor artístico antes que político. No éramos un grupo de protesta. Por supuesto, cuando uno lo necesita puede apelar a la denuncia, a la ironía, al cabaret político. Está claro que no éramos un grupo que hacía música para entretener, el nuestro era más bien un estilo de combate, batallador contra el sistema. Pero lo que persigue es algo más hondo, sublimar una emoción verdadera a través del lenguaje. Yo trabajo y voy a trabajar siempre sobre la ambigüedad” señala Solari en sus memorias.

Los Redondos encarnaban la realidad de las clases populares, fundamentalmente de los jóvenes a los cuales no les había llegado todavía la primavera, y crecerían con la bomba de humo del menemismo. La banda abrió las puertas del rock para un público nuevo, que en esos tiempos era víctima de muchas orfandades: de representación política, de oportunidades económicas, de posibilidades de desarrollo personal. Un público que, como Martín y Cristian, buscaba pertenecer a algo más. Perseguían una experiencia vital, la posibilidad de pertenecer a una comunidad que no los excluyese.

Marcelo Figueras, escritor y periodista, quien escribió las memorias del Indio, señala que la irrupción de las tribus ricoteras supuso un giro copernicano para la banda y el rock nacional de la época. Hasta entonces, el sol del público giraba alrededor del planeta de la música producida y difundida por corporaciones. Sin embargo, acá se produce un fenómeno en el cual el público no asiste porque la radio los había impuesto, porque la banda estaba de moda, o porque querían vestirse como sus integrantes. Los Redondos eran un astro que, a diferencia de las demás bandas, orbitaba alrededor del sol del público.

Un público que aportó la pasión del fútbol, la movida nómada de viajar grandes distancias para poder ver a sus profetas. Rebalsando las pequeñas ciudades del interior, pintando sus paredes con frases, una cultura en movimiento que se narraba así misma a través de las canciones de Los Redondos. “Parece que nos hubiesen dicho: ustedes van a ser nuestra banda, pero nos vamos a educar juntos. Van a hacer la música de fondo de nuestras vidas pero escúchennos, porque si no, no van a entender una mierda. Y tenían razón”, comenta el Indio.

El tiempo del fenómeno, la experiencia Indio: “Siempre tengo a mi lado a mi Dios”

A principios de los 2000 Los Redondos deciden separarse en el punto más alto de su carrera, ya consolidados como una banda de masas que convocaba a miles y miles de personas de distintos puntos del país. Luego de la separación, los integrantes tomarían caminos separados, muchos de ellos formaron sus propios proyectos solistas, entre ellos el Indio.

Nadie sabe muy bien cómo ni cuándo ocurrió, pero lo cierto es que la figura del Indio con el correr de los años se convirtió en una figura mítica que convocaba a centenares de miles de personas. El propio recorrido de Los Redondos como banda de culto y la personalidad enigmática del Indio, lo volvían un fenómeno popular pocas veces visto.

Es el momento de un nuevo recambio generacional que no había “curtido”, como señalaba Cristian, aquella escena que planteaban Los Redondos, pero que abrazaban sus canciones y las adaptaron a sus experiencias vitales.

Así el Indio se convirtió en un fenómeno popular e icono de culto. Años tras año los shows fueron creciendo en convocatoria al punto incluso de superar a la cantidad de población de los lugares donde tocaba. La gente asistía con o sin entradas, todos querían ser parte de esa experiencia que se basaba en la mística del ritual: el viajar durante horas, atravesar ciudades enteras para llegar a pueblos muchas veces desiertos. El atractivo de congeniar con esa cultura nómade del rock, donde los trapos de diferentes lugares encuentran un espacio común de diálogo. Un combo de canciones enigmáticas que invitaban a encontrarles un sentido, el movimiento de masas, y el pogo más grande del mundo.

Giuliana tiene 27 años y la primera -y última- vez que vio al Indio fue en el show de Olavarría en 2017. Paradójicamente este sería el último show de Solari sobre los escenarios. “Había algo así como unas 300 mil personas, fue el último show. A los 20 años empecé a escuchar a Los Redondos, me llamaban mucho sus letras a las que les prestaba mucha atención. Las letras se prestaban con una interpretación bastante abierta, pero que les encontraba una direccionalidad, la de tocar las fibras más sensibles de la gente a partir de esa posibilidad de interpretarlas tan abiertamente. Necesariamente te llegaba a las fibras más íntimas. Y también todo el sentido social que implicaba el fenómeno de masas, estar ahí entre tanta gente, era otra cosa que me generaba ganas de ir”.

Una mirada rápida a los contornos del rock de hoy en día, copada por los estilos más indies, electrónicos, lo soft, muestra que su influencia musical se ha redireccionado hacia otros estilos. Es el trap y el hip hop los que pintan la realidad de aquellos sectores populares que  siguen sin alcanzar la primavera, muchas veces tomando elementos del rock nacional. Luz Delito de Wos es un ejemplo de ello, un ejercicio de fagocitación donde Los Redondos sobreviven.

«Yo ya no puedo cumplir hazañas que prometí»

El Indio cumplió su tiempo. “Ahora es el tiempo del Mister” se animó a decir, señalando su nueva etapa musical, pero además marcando el fin de una era. No hay un Indio, hay múltiples Indios, incluso hay uno holográfico. Cada época, cada historia personal, cada momento particular, tiene el suyo. Pero aun así todos ellos confluyen en una temporalidad atravesada por su presencia sobre los escenarios. Quizás lo que inicia ahora es un tiempo post Indio. Una transformación hacia algo más. Mientras tanto, como dijo el Indio Solari en una entrevista con Mario Pergolini:

MARIO PERGOLINI: ¿Y si mañana es el último concierto?

INDIO SOLARI: Bueno… festejemos.

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